por Sergio Rodríguez

El Diván

Autor: Sergio Rodríguez
Crítica, al uso burocratizado de la posición del analizante reclinado en el diván y propiciación fundamentada de no usarla, siempre que ello resulte posible.

¿Tradición médica? El médico no sólo atiende al paciente en la camilla, también lo mueve, lo palpa, lo ausculta. ¿De hipnotizadores? El hipnotizador no es la única posición en que hipnotiza (circo) aunque sí la preferida, porque el aislamiento y el silencio, le dan más peso a su voz y a su imagen en penumbra. Busca así, aprovechar y estimular, la decisión del candidato a entregarse a su voluntad. Fue lo que Freud observó en Liebault. Freud argumentó el diván en su dificultad para ser mirado. Pero eso también, le dificultó mirar. Lo habitaba alguna dificultad con la pulsión escópica. Abandonó el microscopio. Recordemos el impacto que le produjo ver siendo niño, al padre rebajarse a alzar su gorra ante el racista que lo insultó y se la tiró. Miró y escuchó a Charcot y sus histéricas. Miró y escuchó a Liebault y se dijo: esto no es para mí. Era bastante obsesivo (obstinación, minuciosidad, con algunas fobias y respuestas evitativas. Lo supongo, anal retentivo y receptor invocante en disyunción con siendo mirado. Su fuerte no estaba en soportar ser mirado. Su pasión de escritor expresó fuertemente la sublimación de su pulsión anal expulsiva.
El diván, fue tomando cierta función de blasón. Los blasones son parte del semblant del analista. Y éste es determinante para convocar y sostener el deseo de analizarse del analizante. Por lo tanto no creo conveniente renunciar a su presencia, dirigida a la mirada de los consultantes. Pero, el analista lo tiene que tener en cuenta así como a todos los elementos del mobiliario del consultorio y sala de espera, en tanto entren en asociaciones, sueños, comentarios “banales”, si se los capta como producidos en transferencia y por lo tanto como probables significantes a ser interpretados si así resultaran. Suelen aparecer en cadenas diferentes, pero en todas como un significante que insiste, dando lugar en articulación con el contexto, a nuevas significancias y escrituras.

¿Es una condición necesaria para psicoanalizar? A veces sí. Si se observa que el paciente viene muy condicionado a suponer que un análisis sólo lo es, si transcurre en diván. O cuando el analista observa que es muy prematuro para que X analizante, soporte presencialmente la mirada del analista mientras habla, sea porque la evite como efecto de enredos obsesivos, defensas histéricas, o fóbicas. Recordemos el consejo del Martín Fierro sobre que hay que desconfiar del paisano que se mira las alpargatas mientras habla. La mirada en la transferencia, siempre está presente in effigie o in absentia. Estoy en desacuerdo con Lacan, cuando fundamentó el diván en ausentar la mirada del analista. Vuelvo a acordar con él, cuando posteriormente se fue centrando en la función de semblant del analista para la cual la mirada es fundamental. Pero tengamos siempre presente, que según el paciente esté reclinado o no en el diván, se establecen contextos muy diversos. Hay que observar en detalle, y en relación a la lógica temporal de cada análisis, la indicación o no del diván. En épocas en que el diván era un santo referente, atendí a una dama que atravesaba su segunda juventud. La analicé en el mismo unos 10 años, durante los que se había prestado gozosa al mismo. Se cumplían todos los reglamentos, todo iba transcurriendo como un muy buen análisis. Ella llegaba puntual, raramente faltaba, asociaba libremente, mi atención libremente flotante escuchaba atenta y agudamente sus formaciones del Inconsciente y mi voz interpretaba puntualmente. Se separó de un marido que en buena medida había tomado como pareja, por resignación, debida a una suposición degradada sobre su femineidad. Había dado también pasos importantes en su vida laboral.
Tenía bellos ojos, pero una mirada que reflejaba esa suposición que tenía sobre sí misma como mujer poco mirada por su padre. En cierto momento, después de mucho trabajo analítico pero en el cual hacía tiempo no se producían cambios, le propuse que trabajáramos frente a frente. Había una fuerte transferencia positiva y aceptó sin reticencias. El trabajo parecía seguir de la misma manera. Sin embargo, en determinado momento padeció una fuerte conjuntivitis que la obligó a ir a un oculista de guardia. La atendió un médico joven y apuesto que la trató con mucha dedicación, se desencadenó una relación que duró amorosa y fogosamente un tiempo. A partir de la misma, comenzó a terminar lo que había sido un largo análisis.
En un sueño recurrente que le daba expresión metafórica al fantasma de la paciente, apareció un fuerte cambio. Recurrente y sufrientemente, soñaba con un canario encerrado en una jaula mirando a un gato que lo miraba esperando agazapado. Se tornaba evidente el goce sadomasoquista encadenado entre ambas miradas, haciendo de obstáculo al deseo de volar. Un día, después de haber transitado su romance con el oculista, soñó con la misma escena. Pero con una variante, la puerta de la jaula estaba abierta y el canario luego de unos revoloteos en su derredor volaba hacia otros rumbos. Advenía el momento de concluir ese análisis. No recuerdo si medió alguna interpretación importante. Sí, me resultó evidente, el peso que tuvo la presencia –presente, del entrecruzamiento de miradas entre analista y analizante.
Se comenzaba a agotar, el tiempo de comprender. Algo de su fantasma se iba comprendiendo, se aproximaba el tiempo de concluir y el pasaje al acto consecuente. Para que fuera tal, debía sofrenarse la impaciencia del analista y dejar que la analizante lo llevara a cabo. Así ocurrió. Sé por terceros, que su vida siguió razonablemente bien, en función de sus principales deseos. No sé, si cursó luego algún otro análisis después. Mientras relato esto, recuerdo cuantos pajaritos había enjaulado de chico, y una siesta desgraciada en que un tío idealista, jefe de boy scouts, les había abierto la puerta haciéndolos volar incluido al llamador. Pero éste, nostálgico, siguió revoloteando a la jaula hasta que por la misma puerta volvió a entrar. Gozaba enjaulado y llamando a los otros a compartir su destino. “Estar en analista”[1], exige dejar de lado ideales para que sean los analizantes los que decidan sobre su vuelo, lo que muchas veces, se hace sublimando el sadomasoquismos. El sado masoquismo, daba combustible a la resistencia del Ello de la paciente, vehiculizándose a través del sometimiento pacífico a la voluntad divaneadora del analista. A la vez que desde esa posición, lo impotentizaba como tal. Sus ojos y su rostro sonreían satisfechos, en el final de cada sesión en el diván.

Cambio de concepción de la práctica analítica y decadencia del diván
Sobre el encuadre tradicional, José Bleger, con la honradez y la lucidez que lo caracterizaba lo describió desde el título de un capítulo[2], La Entrevista Psicológica. Era un tabú no excusable, ocultar todo acontecimiento de la vida del analista. Se confundía la abstinencia, con el silencio. La neutralidad, con el horror al acto. La asociación libre, con la libertad de metonimias ausentes de metáforas y de punto de basta. Y como consecuencia, sin retro significaciones. El tiempo era cronometrado por el reloj, el almanaque, y por regularidades imperturbables. Y no, por la lógica de la marcha de cada análisis y de cada sesión. Lacan fue captando a través de su relación activa con la práctica, cada una de las dificultades que dicho encuadre ofrecía para psicoanalizar. La primera que captó, fue la del tiempo cronometrado y escribió su Nuevo Sofisma. Percibió que su “Tiempo lógico” tenía tanto valor, que cuando en la IPA se propuso expulsarlo por herético fue el único punto en que no cedió, prefiriendo ser excomulgado. Ya había diferenciado “interpretar en transferencia, de interpretar la transferencia”. Ya había hecho pasar el descubrimiento freudiano del narcisismo, por la prueba del desarrollo neuronal, de la función de la mirada y su relación con la mirada del Otro que sostiene al niño frente al espejo, en el estadio del espejo con sus diversas consecuencias. Ya se zambullía en la lingüística de Saussure y su captura de la lógica simbólica del discurso. Se centraba en el deseo como efecto entre lo imaginario y lo simbólico causado por el a como perdido, por resto de la operación significante. Y a partir de ahí, su búsqueda a través de los a parciales, presentes en las conductas y los caracteres a través del goce corporal y de las emisiones significantes. Investiduras de goce, de pérdida, y de represión de los enunciados de deseos inconscientes, que le iban instalando la necesidad de bautizar con un nombre a lo que no era placer por trascender la homeostasis hasta el campo del sufrimiento. Pero que no dejaba de estar presente por eso. Se le fue evidenciando la conexión de eso con el más allá del principio del placer y la Pulsión de Muerte de la 2a teoría de las pulsiones de Freud. Y no sólo que estaba presente, sino que alimentaba a una de las resistencias a los análisis más difíciles de entender y superar. A la vez, más grave e importante de las observadas por Freud, la del Ello en su articulación con el Superyó. Freud la atribuía a una enigmática viscosidad de la libido. De ahí el último período de la obra de Lacan en el que va poniéndole punto de basta a su ciclo vital con: los matemas de discurso, formalizaciones de los lazos sociales; el nudo Borromeo, formalización de las 3 dimensiones de la experiencia de cada uno de nosotros como objetos de la estructura. Estructura sólo sostenida, si un cuarto nudo escribe nuestro propio nombre (a través de nuestra ligazón con el trabajo y la pareja) en el lugar del Nombre del Padre, que la adolescencia va reprimiendo.

Sí semblant del analista, diván como contingente.
El psicoanálisis pre-lacaniano puso todas las fichas para lograr la cura de los pacientes, en establecer reglas fijas de trabajo como reaseguro contra posibles arbitrariedades de cada analista. Lacan, fue descubriendo: a) que dicho éxito dependía del deseo del analista y de la estructura del paciente y no de reglamentos b) que la producción de dicho deseo es resultante del mejor o peor destino del, o los, análisis a que se haya sometido cada analista en particular c) que no hay garantías del Otro (ni imaginarias ni simbólicas). La función del analista es: a) por lo menos, no obstaculizar el deseo del analizante de analizar lo que le produce sufrimiento y siguiendo esa ruta, sus deseos y goces puestos a funcionar en cada vínculo social. Para eso, el analista trabaja tomando en cuenta aquellos significantes que puestos en acto por el analizante lo representan, tanto en sus posiciones objeto, como en su efecto sujeto del Inconsciente. Dichos significantes nos llegan, no solamente a través de las palabras verbalizadas tanto en sus fallas en los decires, en las lógicas en que se sostienen, en insistencias, repeticiones de posiciones y escenas formalmente similares, sino también en gestos, inflexiones de voz, cambios de colores de piel, de temperaturas, observaciones sobre componentes del consultorio, relato de noticias del día, etc. El semblant del analista destinado a engendrar y sostener el deseo de analizarse por parte del analizante, tiene que ir siendo construido y sustituido cada vez que resulte conveniente, poniendo en juego también todos esos recursos. Para una buena y amplia observación por parte del analista de todo aquello, el diván, limita el campo. También el diván limita, para el histrionismo del analista destinado a sostener el análisis del analizante, desde la función de semblantear y no de encuadrar.

[1] Definición recurrente de Fernando Ulloa.
[2] Temas de psicología (La entrevista y grupos)

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