“Tiene que ser así, en primer lugar, porque el análisis se edifica íntegramente sobre la sinceridad plena. Por ejemplo en él se tratan asuntos de negocios con igual prolijidad y franqueza, se dicen cosas que uno se reservaría ante sus conciudadanos, aunque no fueran competidores ni inspectores de impuestos. No pongo en duda – antes bien lo destaco enérgicamente- que esa obligación de sinceridad impone al analista una severa responsabilidad moral”.[1]
La acción moral, precisamente en la medida en que ha entrado en lo real, en que no puede concebirse de otra manera que como nuestra acción en el momento en que nos aporta en lo real algo nuevo, algo que crea una estela, algo que está en suma allí donde se sanciona el punto de nuestra presencia; eso: a saber en qué el análisis nos vuelve, si nos vuelve, aptos; en qué el análisis nos lleva si se puede decir, a actuar, y por qué nos lleva así; por qué también se detiene en ese límite […]”.[2]
Esta noción de los límites éticos del análisis coincide con los límites de su práctica considerada como preludio de una acción moral como tal. Siendo la llamada acción, aquella por la cual desembocamos en lo real
Transmitir la falta, transmitir la deuda, son expresiones en el psicoanálisis que aluden al principal descubrimiento de estructura realizado por Lacan en el yacimiento freudiano. La estructura lo es, con falla. En ella por efecto del lenguaje –principal atributo que le da un lugar especial a los hombres en el reino animal- no hay enseñanza, no hay información, no hay decisión, no hay acto de discurso que no transmita un resto que escapa a la significación. Es incitada así la cadena de significante a reiniciar su movimiento para el intento imposible de encontrar una significación última. O sea, el animal parlante paga su diferencia con su mayor libertad y condena, el deseo. Esa transmisión inevitable de lo imposible de ser significado absolutamente causa el deseo, capaz de motorizar la vida hasta el extremo de llevarla incluso, paradojalmente, al deseo y hasta a veces al acto mismo de autosupresión.
Las instituciones no son nada más ni nada menos que el efecto de las relaciones entre seres parlantes, o sea entre los significantes que representan a sus sujetos en sus diferentes posicionamientos, con la consiguiente pérdida que según éstos, los afecte. Por lo tanto basculan entre la renegación de la castración –enamoramiento de un líder e identificación, psicología de las organizaciones artificiales de masa-, y represión de la castración con la lógica vuelta de lo reprimido, entrada en discurso, en giros de discurso, en movimiento ético. Lacan afirma en La Tercera:[3] “Sólo hay un único síntoma social: cada individuo es realmente un proletario (sin descendencia –dicc. Etimológico), es decir que no tiene ningún discurso con el cual establecer un vínculo social, dicho en otros términos, parecer”[4]. Después del enamoramiento y las ilusiones habituales de las lunas de miel, lo real de establecer un hogar, las enfrenta a puntos en los que más allá de las apariencias no hay relación sexual, o sea relación entre diferentes, en tanto no haya significantes capaces de representar lo diferente del (O) otro ante el sujeto. Los significantes en su vertiente de sentido instalan la situación, para quienes son fascinados por él, en el eje imaginario en el que se puede originar un enfrentamiento por el exceso que se le supone al goce del par. Esa tensión (real por defecto en el sujeto e imaginaria por suposición de exceso en el otro) impulsa al intento de simbolizar (encontrar el significante que represente eficazmente a la diferencia) o, al enfrentamiento y la fractura. Estamos en el terreno de la política. Porque “no hay coito en el mundo” porque no hay significante que no sea de apariencia, se instala la política que intenta hacer algo con eso. La política entonces, es un mal mayor necesario en el sentido de la lógica modal lacaniana pues es lo que no cesa de no inscribirse de la diferencia y su metonimia las diferencias insalvables por la división del sujeto efecto de al menos dos significantes, el que lo representa y el que desde el Otro en posición de objeto significa, sanciona, lo que le representa el representante del sujeto. Doy cuenta así de la necesariedad de la política, pero ¿por qué un mal mayor? Maquiavelo le soplaba a su Príncipe: “es el arte de lo posible”, resumiendo en esa frase todo el saber adquirido por la humanidad sobre ella en el curso de la historia. Lo posible, lo que se escribe, es el engaño al deseo, su reducción a la articulación significante que lo escribe, o sea a la demanda, que como bien sabemos, finalmente no es otra cosa que demanda de amor. Por eso es el mal mayor ineludible, y una de las escritoras máximas de miserias humanas. Hay quien pueda suponer que en un grupo de guitarristas o en una familia o en una institución psicoanalítica pueda no haber política. ¿Qué son entonces las transacciones, las presiones, los usos de fuerza que en su trajinar cotidiano se ejercen? ¿Qué, el tener en cuenta las correlaciones de fuerza al momento de proponer o tomar una decisión? Podemos advertir rápidamente que la política, básicamente, no va en el sentido de la ética del deseo sino mas bien, de su represión.
Es bien sabido desde Freud y afinado por Lacan que la posición ante el deseo significa a una ética. Quienes integran instituciones lo hacen motivados por singulares y diversos deseos inconscientes constituyentes en la diacronía de sus historias de las condiciones de posibilidad para la vida de las mismas. Pero ellas se ordenan alrededor de los deseos que se desprenden de la letra de enunciados y enunciaciones que establecen sus ideales –condición necesaria en su doble vertiente, de sentido y sin sentido-. Cuando la institución trabaja, lo hace en relación a los deseos que en verdad sostienen en su discurso al significante que representa al ideal hegemónico en ese momento de la institución. Es en ese punto donde la trampa del amor paredes adentro de las instituciones da insumo al cemento que las burocratiza. Si lo que se pierde causa la falta que estimula al deseo, al movimiento tras el “bien” que se supone realizable en una escena; la fidelidad a los compañeros, colegas, líderes se transforma en el obstáculo a la consecuencia en la ética del movimiento y por lo tanto razón de cambios de ética y de resignaciones de deseos. La política suele ser razón de la renuncia ética, razón de estado se le llamó a partir de nuestro hoy recurrente Maquiavelo. Otra razón: lo que podríamos llamar el goce corporativo –con todas las implicancias de este significante- aunque tome la apariencia de “solidaridad fraternal”. Recordemos que la horda fraternal sólo se transforma en civilización (con los pro y contra de la misma) cuando la culpa por el parricidio instala la ley en el grupo. Si se contrapone a “solidaridad fraternal” a la ley, lo que se hace es suplantar el goce todo, sin ley, del padre terrible, por el goce todo, de la horda fraternal, tan incestuoso como el otro y por lo tanto igual obstáculo que aquel al funcionamiento del intercambio y fuente de agresividad que se desplazará al exterior, al extraño, o al interior al familiar. Lo siniestro encuentra en la ilusión fraternal, su topos. Esa es la estructura en que se sitúan las corporaciones y que las obliga a establecer normas arbitrarias en su interior. ¿Ejemplos cumbres? La mafia, las multinacionales, nuestros grandes grupos económicos, la mayoría de los revolucionarios una vez en el poder.
Como podemos observar, ese posicionamiento se confronta a la ética del psicoanálisis que absteniéndose ante el amor hace discurso, y también a la democracia en la institución.
La democracia se distingue de los totalitarismos en que al serlo sí y sólo sí respeta los derechos civiles –libertad de ideas, de palabra, de expresión, de elegir en votaciones sin discriminaciones representantes que gobiernen, legislen e impartan justicia con lugar a la representación y escucha de las minorías, implícitamente hace girar su estructura alrededor del supuesto de que la misma no puede no fallar. Inversamente los totalitarismos (fundamentalismos) giran implícita y a veces explícitamente alrededor de suponer la posibilidad de una realización absoluta. Lógicamente, la democracia entonces, apuesta a respaldarse en las leyes aun para modificarlas y los totalitarismos a los líderes como garantía del supuesto saber qué y cómo hacer. La estructura totalitaria, al rechazar someter la demanda a la sanción del Otro, intenta que la imponga el líder lo que hace de él un padre absoluto, terrible y al intercambio imposible. Es tributaria de no poder renunciar al amor del padre, lo que hace de ella un encierro absolutamente narcisístico.
De lo que se trata entonces no es de generar ilusiones en la eficiencia de la democracia, “con democracia se come, con democracia se educa. ”[5]etc…, sino reconocer que no sin falla es el régimen que mejor soporta la castración constitutiva del orden humano, es el que mejor sostiene condiciones de posibilidad para que el movimiento simbólico agujeree lo real, y proponga alternativas a las imbecilidades ( debilidades en grado sumo –dicc. etimológico) de lo imaginario.
A esta altura se advertirá que supongo a las instituciones, y ya singularizando a las psicoanalíticas, atravesadas por cuatro lógicas, la que reconoce como axioma a la ética que las funda, la que reconoce como axioma al concepto democracia, y la que reconoce como axioma al totalitarismo. Es fácil advertir que democracia y totalitarismo se oponen. En principio creo lo mismo de política y ética del psicoanálisis, ya que ésta por definición parte como axioma de una causa perdida mientras que la de la política toma como tal al poder. A ser mantenido, a ser interpelado, o a ser ganado. Si el psicoanálisis despliega la suya a través del bien decir la asociación libre, la política lo hace a través del bien transar.
En consecuencia, en las instituciones que no reniegan, no desmienten la ley del padre, no puede no haber fricciones, pues más allá de las apariencias personales lo son entre estas cuatro lógicas que como sabemos desde Godel y Lacan no pueden no ser fallidas.
Esta es la estructura ante la que los sujetos que habitan las instituciones se encuentran. Es la que define las condiciones de posibilidad para el movimiento de los sujetos en ellas. Justamente, en la brecha que abre que ninguna de ellas ni su anudamiento cierre, se presenta el espacio que, dejando al sujeto en libertad, lo obliga a hacer uso de esa libertad. Podríamos llamar a esa situación: la paradoja de la libertad. En ese punto sostengo que debemos optar por otorgarle el comando en el movimiento psicoanalítico a la ética del psicoanálisis y a la ética de la democracia que a mi modo de ver son asíntotas (paralelas que tienden a unirse en el infinito) ya que ambas se proponen como soportes a lo real. Posicionarse de esa manera no elimina a la política, la anuda en posición subordinada. Esto exige a la vez firmeza en el ejercicio del poder según las determinaciones de la ley, porque si el deseo es causado por la carencia, ésta aparece como efecto del significante que priva y de la ley que prohíbe y propicia. En consecuencia el desfallecimiento en el sostenimiento de la ley produce confusión, todo puede ocurrir en ese punto generándose las condiciones necesarias para el estallido imaginario. La imagen dirigencial de “buenos tipos, en tanto tenga como uno de sus sostenes ese desfallecimiento, indudablemente contribuirá a generar diversas manifestaciones de crisis.
El viejo descubrimiento del psicoanálisis de que el falo ordena, regula la realización del deseo, debe incitarnos a buscar el ideal fálico que ordene el deseo de nuestros movimientos. Creo que se desprende de este análisis que del mismo no pueden estar ausentes, la ética del psicoanálisis y la ética de la democracia y no faltará, como dificultad, la política.
[1] Sigmund Freud: “¿Pueden los legos ejercer el psicoanálisis?”
[2] Jacques Lacan: “La ética del psicoanálisis”
[3] O sea, sólo al precio de la división subjetiva de ser “dividuo”, se puede establecer vínculo, lo yo social.
[4] Jacques Lacan: “La tercera de Roma”
[5] Tonterías alfonsinistas en campaña electoral
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