por Sergio Rodríguez

Capítulo IV.1:PEDIDO DE ENTRADA A LA ESCUELA FREUDIANA DE BUENOS AIRES

Buenos Aires 18- VIII- 1980
Señores miembros
de la Comisión de Recepción
de la Escuela Freudiana
de Buenos Aires
PRESENTE

Me dirijo a ustedes a los fines de solicitarles ser admitido como miembro de esa escuela. Lo hago por escrito. Tal vez tenga que ver con que buena parte de mi vida la adherí a instituciones, aunque no precisamente psicoanalíticas. Las experiencias fueron desilusionantes y en relación directa a las expectativas depositadas, como era lógico. Esto me ha dejado una pregunta. Para las instituciones: ¿la desilusión es la ley? Ojalá.
La carta de Lacan de disolución de la Escuela Freudiana de París me sacudió, porque me dio a ver que en las instituciones psicoanalíticas, aun en las mejores, ocurren los mismos fenómenos que en las otras. En realidad para nosotros, argentinos, marcados por la deflagración de APA 1971, tampoco es novedad, aunque los hechos ocurrieran entre de las peores. Y lo que para mí aun es vuestra, historia reciente, también lo manifiesta. Pero tal vez lo que más me impresionó últimamente fue, que el profundo trabajo de Colette Soler sobre a disolución de la Escuela Freudiana de París, que unido al de Michael Silvestre nos munió, a los concurrentes al congreso de Caracas, de buena información y de un excelente análisis sobre los motivos, presentó en las referencias al proyecto de puesta en marcha de “La Causa Freudiana” (si escuché bien) algunos de los mismos esquemas con que se había intentado hacer funcionar la Escuela y cuyo fracaso fue uno se los motivos del acto de disolución. ¿Hay repetición?
Creo que es inherente a que las instituciones se sostengan en sujetos de deseo, que se constituyan y que fracasen. Entonces ¿por qué pido mi ingreso a una? Por el mismo motivo por el que, signado por el fracaso no me destruyo.
Lo dije en ese congreso y lo sostengo, las instituciones como la política son un mal mayor necesario, y las necesidades, son ineludibles, aunque se perviertan, las instituciones cuentan sobre la política con la ventaja de que pueden escindirse, disolverse, refundarse. Esa es la historia de la humanidad que hace de la política una necesidad ineludible.
Pero entonces, ¿por qué pido nuevamente ser admitido en una institución? ¿Porque no me queda otro remedio? ¿Soy remediable? Es que aun creo que sólo en las instituciones hay alguna esperanza de que el discurso pueda ser escuchado. Que más allá del otro, funcione el Otro y uno sienta el filo del debate que lo limita a la propia carencia. Y para ello, creo que vuestra Escuela es la que ofrece las mejores condiciones.
¿Y si eso fracasa? Será señal de que se habrá iniciado otro capítulo. Si logro percibirlo, enhorabuena, si no, me habré institucionalizado, peor para mí.
Una de las cosas que distingue a Lacan de los pensadores más vigorosos y audaces de nuestro tiempo es que cree en lo que dice, lo que lo lleva a no creerse. Un notable pensador asiático[1], cuyas palabras hicieron acto a escala planetaria, por creerse, lo están borrando, y lo que es peor, a su discurso. El acto de disolución de la escuela produjo símbolo: “Demostrando en acto que no es por ellos que mi escuela podría convertirse en institución, efecto de grupo consolidado, a expensas del efecto de discurso que se espera de la experiencia cuando ella es freudiana”. Para producirlo Lacan tuvo que descreerse: “Hablo sin la menor esperanza de hacerme entender sobre todo. Sé que lo hago por añadirle lo que importa de inconsciente. Esta es mi ventaja sobre el hombre que piensa y no se percata de que primero habla. Ventaja que sólo debo a mi experiencia. Pues en el intervalo entre la palabra que no reconoce y lo que él cree hace pensamiento, el hombre se ensarta, lo cual no lo alienta. […] Y no me quejo de los dichos “miembros de la Escuela Freudiana”, más bien les doy las gracias, por haberme enseñado, donde, yo encallé, es decir, me ensarté”.
Ese descreerse no es menos meritorio por la referencia a su experiencia, al contrario, sabemos lo difícil que es, de la experiencia producir un discurso que se torne imborrable.
Llegando al fin de lo que creí necesario escribir para perdirles me nombren miembro de la escuela, caigo en cuenta que otra vez me ocurre estar, sujeto de mis transferencias y haciéndolos objeto. Espero sepan, interpretarme.
Finalmente, ¿a qué tanta lata? Mis experiencias fueron duras. Para volver a intentarlo; hice, falta, convencerme.
Como en otras épocas, fraternalmente,

Sergio Aldo Rodríguez

[1] Mao Zhe Dong

No hay comentarios:

Publicar un comentario