A Manoel Tosta Berlinck, que me perturbó el pensamiento.
UN DIFÍCIL PROBLEMA- LA AUTORIZACIÓN DE LOS ANALISTAS
En Buenos Aires – y creo que en todos los lugares del mundo en los que se practica psicoanálisis- ocurre que no hay dispositivos que sirvan de garantía medianamente aceptable sobre la idoneidad de los analistas, para quienes decidan analizarse. La metodología para autorizar analistas, sostenida por la Asociación Psicoanalítica internacional – y que con matices diversos, pero que no modifican su esencia, es llevada a cabo por sus filiales- ha sido demolida rigurosamente por la crítica de Jacques Lacan. Los pasos de dicha metodología comprenden, insisto que con variantes según los países, el siguiente recorrido. El aspirante debe sortear una serie de entrevistas para ser aceptado como tal. La ausencia de dichas entrevistas no está claramente determinada. En España por ejemplo, sólo se aceptarían “sanos”. Como sanos, lo que se diría sanos, sabemos desde Freud, solamente se los puede definir en términos ideales, los aspirantes quedan en posición de mentir, aunque sea, por omisión. Atravesadas las entrevistas, si son aceptados, comenzarán el “didáctico” con un analista de su elección, pero obligatoriamente dentro del “staff” de los “en función didáctica” de la institución respectiva. Un año después ingresarán a los seminarios y controles. Luego de una cantidad estipulada de horas de “didáctico” se les dará el brevet…digo la autorización para ser analista. Aunque esto no se cumple (otro síntoma de la inutilidad de ese reglamento), hasta ese momento se hallan bajo prohibición consentida de ejercer el psicoanálisis y de presentarse como psicoanalistas. Reglamentariamente, sólo podrían hacerlo, una vez cumplidas las horas de “didáctico”, las de control, y terminados los seminarios.
Conociendo este proceso, reconocemos las razones de la crítica lacaniana. ¿Por qué alguien se analice con un supuesto experto, se puede anticipar que después de x horas va a resultar una analista? ¿Cómo pueden los informes del didacta y del analista de control dictaminar sobre la experiencia, si forman parte de la misma? Creer eso, revela en quienes lo sostienen, que suponen al inconsciente un reservorio de recuerdos reprimidos. No una estructura en la cual, la articulación entre significantes que representan al agente de un discurso, con los que representan al Otro en el intento de significación, produce un resto (objeto) causante de deseo y como efecto, al sujeto. Como podemos apreciar, el didacta (boca del Otro) irremisiblemente queda “ligado”, en el análisis que conduce. Ni qué decir, que no suponen el paso dado más allá de Freud, por el descubrimiento lacaniano del ser anudado alrededor de la carencia, en tres registros: Real – Simbólico – Imaginario. En realidad son tributarios de suponer al psicoanálisis como una ciencia positiva productora de un invento que, acatando expertamente para su manejo la “buena técnica”, indiscutiblemente tiene que forjar un psicoanalista.
LACAN ENTRE LA CIENCIA Y EL ARTE
Paradojas del destino, Lacan, el psicoanalista que tras la letra y el espíritu freudiano más acercó al psicoanálisis a un estatuto científico, fue también el que mejor advirtió que con el mismo no se puede ir más allá de una “ciencia conjetural” . Hasta sus últimos días subrayó que el analista no sabe lo que dice, pero debe saber lo que hace. O sea, debe tener dominio de su arte, de su artificio. En la construcción Real-Simbólica- Imaginaria del sujeto, lo Real introduce lo imposible de calcular, lo simbólico el aparato de cálculo, y la letra, el litoral en que apoyarse para forzar al objeto a “a”cercarse a la mira de lo simbólico. Entonces, si se trata de arte, más precisamente de artesanía, la enseñanza debe ocupar un lugar importante. La lectura, el trabajo de lo escrito por los ancestros valiosos –Freud, Lacan, Bion, Winnicott y tantos otros-, incluidos los contemporáneos creativos y trasmisores de lecturas rigurosas, descubridoras, es clave. En ellas vertebra lo formalizado y formulizado por Lacan, incluidas sus aproximaciones topológicas. Principalmente, como lo planteara en su último seminario dictado en Caracas, sus búsquedas borromeanas.
Pero lo esencial se juega en la transmisión. Es eso que no se puede escribir, porque atañe a o que falta (el goce en lo simbólico, el símbolo en el goce) y que entonces, sólo puede ser transmitido en la experiencia. Es más, cuando se pretende aprehenderlo de un escrito, incluso de una explicación, por cualidad del significante, sólo se aprehende una apariencia, frecuentemente del género de la caricatura. Creo que con eso tuvo que ver el grito de Lacan en La Tercera…: “Soy un payaso, aprendan de mí, pero no me imiten”.
LA FUNCIÓN DEL ANALISTA – EL PAYASO EN LA FUNCIÓN
La magia del payaso nos llega a todos, pero principalmente al niño, por una vía irreductible sólo a fórmulas y palabras. Ante él, el niño ríe, el niño llora, el niño se asusta, y por momentos todo eso junto. ¿Hasta dónde se puede explicar por qué? ¿Qué función cumple ese maquillaje extraño según el cual no se sabe si la mirada mira o está cerrada? ¿Si los ojos lloran o ríen? ¿Si la nariz está alegre o golpeada? ¿Si esa bocaza que ríe siempre, siempre lo hace? ¿Cómo hace ese poco pelo peluca, para pararse y dar muestras de terror? ¿Los zapatos son grandes, o los pies chicos? ¿Cómo puede ser que el perrito de Cañito acompañe incansablemente sus sentimientos? ¿Duelen las cachetadas, o no son más que efectos de utilería? Y principalmente ¿por qué, si es capaz de las mismas habilidades que trapecistas, malabaristas e ilusionistas, trabaja como payaso, haciendo grotesco de esas mismas habilidades? El maquillaje, las ropas, entrampan nuestra mirada. Los juegos de palabras, las caídas sorpresivas, los movimientos “equívocos”, ponen en acto las intenciones del Otro. Las cruces sobre los ojos crucifican, pierden a la mirada del payaso, reenviándonos a nosotros la tristeza, el duelo por Otra mirada que tanto nos hace reír y sin embargo, como tal, olvidada. Entonces el analista, el buen analista, es un enigma para el deseo del analizante, por más públicas que sean sus actividades fuera del consultorio. Enigmático como el buen payaso, pero no por estático. Despliega una actividad múltiple que incluso, como la de aquél, puede simular hacer el muerto, para que el analizante juegue sus propias barajas. También como en aquél, buena parte de su trabajo se desarrolla en los intervalos, en el momento en que la consistencia de cada una de las otras partes de la exhibición –ecuyeres, trapecistas, saltimbanquis, prestidigitadores, domadores- cede a las modificaciones en las pistas, al momento en que otro libreto necesita desarmar la escenografía y aún el propio escenario, para proponer otra consistencia a la visión. Ahí se hace presente con toda su locura sorpresiva inconsistencia del payaso.
Tal vez por todo eso, pese a las resistencias que el psicoanálisis engendra por su empecinada obstinación en mostrar la desnuda verdad del tramoyaje, continúe siendo una de los principales números convocantes en el circo de la vida, en aquellas culturas en las que adquirió carta de ciudadanía. Y eso, a pesar de la imbecilidad campeante en la tragicomedia de la modernidad.
Esa versatilidad sólo puede ser transmitida en la experiencia, en discurso, en invento permanente. Lo puede comprobar cualquiera que observe atentamente los videos tape de los programas cómicos (no las películas) de quien fuera, sin lugar a dudas nuestro payaso mayor, el negro Olmedo. Gracias a su maravillosa falta de memoria preconsciente, cosa muy importante para cualquier psicoanalista, y a su fina capacidad de observación, escucha y lectura –de igual importancia para nosotros- sus mejores gags eran efecto de su reacción ante lo que leía en la mirada, los gestos, comentarios, risas y furcios (propios y del Otro), para el caso: sus compañeros de actuación, el personal técnico de la emisora y hasta la propia claque. Pero resulta que Olmedo me hacía reír a mí y a muchos otros, pero no a todos. Y así ocurre con los psicoanalistas. Más allá de las apariencias, todos somos: Real- Simbólico- Imaginario- no todo. Que, inspirado por la frase de Lacan, haya tomado al payaso como metáfora de la posición del analista es efecto, en mi opinión, de la dificultad para transmitirla, inherente a la estructura en la que se sostiene, y que me obliga a tomar en esta oportunidad, la senda de la perífrasis para eludir los efectos de rigidez, que suele producir el asumir sólo la de los matemas =
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El propio Lacan indicó más de una vez que las dificultades de sus matemas nos obligan a explicarlos.
¿Cómo puede entonces, suponerse anticipadamente, que un análisis va a resultar didáctico por el grado de los analistas que lo conduzcan? Es azarosamente real, que en tales asociaciones (insisto, me refiero a las de IPA) a pesar de todo, se produzcan a veces, analistas. Con la misma franqueza, debo decir que no considero abrumadoramente mejor, la situación en el campo lacaniano (tanto el mileriano, como el lacanoamericano del que formo parte).
UNA DIFICULTAD DE INTERPRETACIÓN
“El psicoanalista sólo se autoriza de sí mismo”. Afirmación de Jacques Lacan en la proposición del 9 de Octubre de 1967. Podemos verificar alrededor de esta traducción, algún hecho significativo y por lo menos, más de un efecto de sentido posible.
Un hecho. En el comentario con que Oscar Masotta presenta la Escuela Freudiana de Buenos Aires a la Escuela Freudiana de París, comete un equívoco al interpretar “si es que un psicoanalista se debe a sí mismo –habíamos entendido- es a él a quien corresponde determinar lo que eso quiere decir”. Traigo al recuerdo de esta formulación, porque pienso dejó una profunda marca en el laconismo argentino. Aunque (ó más bien porque), esté probablemente olvidado por quienes fueron sus contemporáneos –discípulos y pares- y como consecuencia, transmitida inconscientemente a las otras camaradas. No cabe duda de que ese enunciado es el que mejor podría describir el narcisismo del analista. No hay relación al Otro. Fuera de a sí mismo, no hay deuda. Si no hay deuda, ¿qué causa a la transmisión? ¿El altruismo, o si nos guiáramos por la letra, cobrar una deuda de la que él mismo era autor? ¿Habrá sentido en ese momento, sin duda importante para él, que no había sabido hacerse reconocer como correspondía, lo que le generaba deberse a sí mismo? En el preciso instante en que su Otro, que alojaba en esa ocasión nada menos que a la escuela de Lacan, tomaba nota de la creación de la EFBA, Masotta enunciaba: “[…] un psicoanalista se debe a sí mismo […]”. El equívoco en el que, como bien sabemos se localiza el sujeto del Inconsciente, transmitió claramente el deseo de sólo ser tributario de sí mismo. Un efecto absolutamente lógico a este axioma, es el desinterés porque algún Otro, más allá de uno mismo, revise la idoneidad del psicoanalista. Otro hecho. En el original, Lacan escribe en francés: “D` abord un principe: le psychanalyste ne s`autorise que de ”. En la ficha de la EFBA queda traducido como : “ En primer lugar, un principio : el psicoanalista sólo se autoriza de sí mismo”. En cambio, una traducción más literal diría: “En primer lugar un principio: el psicoanalista no se autoriza más que de sí mismo”. La eliminación de un procedimiento tan característico de Lacan, como el de la afirmación por la vía de la negación, trae un problema a esa traducción. Produce mayor ambigüedad en el efecto de sentido. Al menos dos posibles: 1) Que la autorización del analista sólo surge de sí mismo. 2) Que el analista solamente puede autorizarse a sí mismo y no a otros(ergo, tampoco puede ser autorizado por otros). Creo que esta segunda acepción, junto al efecto antes conjeturado del deseo de Massotta, contribuyó para que las diferentes instituciones que conforman al movimiento lacaniano, y aún muchos no tan lacanianos e incluso una masa de psicoanalistas no institucionalizados, hayamos desestimado la responsabilidad ética pertinente, en lo que hace a marcar de alguna manera ante quienes desean analizarse, a los analistas que nos parecen en condiciones de sostener el oficio. Y no con la sanción individual que significa cualquier derivación, sino con el efecto creativo de más uno que tiene el discurso del analista.
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Dispositivo que sienta las condiciones de enunciación necesarias para la lectura del discurso de quien busque autorización.
Gráfico 3: Pàgina 136
Entre 1982/83, la Escuela Freudiana de Buenos Aires intentó dar ese paso para lo cual constituyó en jurado a quienes eran los dos líderes de las corrientes más fuertes en que se dividía la institución. Quienes numéricamente tenían tanto peso como cada una de aquéllas, quedaron fuera del mismo ya que su autodefinición –independientes-, por lógica los tornaba irrepresentables como corriente. Aquel jurado de dos sancionó la autorización de una cantidad de Analistas Miembros de la Escuela, con proporción en relación a la “fuerza de las corrientes”. Durante el poco tiempo que duró la unión de la escuela, duró el malestar por la infeliz actuación de aquel jurado. Los que quedaron en la escuela, después de largas discusiones anularon aquel proceso. En la Lacanoamericana 1990, Victor Lunger, Eva Kart, María del Carmen Moroni, Norberto Rabinovich y José Zuberman presentaron un interesante trabajo en el que retoman los planteos lacanianos de la Proposición del 9 de Octubre de 1967 y los despliegan creativamente. Escrito efecto, según ellos declaran en su presentación, de la experiencia recorrida en el último tiempo de la institución en relación al problema. Reivindican en el mismo la proposición lacaniana para el reconocimiento de AME y nominación de Analistas de la Escuela.
MI PUNTO DE VISTA- BOSQUEJO PARA ABRIR UN DEBATE
Según mi punto de vista, dicho trabajo adolece del mismo defecto de estructura que considero en la proposición lacaniana la razón del fracaso hasta ahora, del mecanismo del pase en los países en los que éste existe. Dicha razón hace a la constitución de los jurados, tanto para Analistas Miembros, como AME. Al ser producto de elecciones realizadas en instituciones organizadas para la formación de analistas y para la transmisión del psicoanálisis, no pueden quedar al margen de las alternativas transferenciales inherentes a cualquier institución, incluidas las psicoanalíticas. Ellas salpican a los jurados para AME, y obstaculizan un acto tan comprometido como el de pedir hacer el pase, en aspiración a ser nominado AE. Esto no depende de la situación en tal o cual momento de una institución, ya que cualquier resultado electoral, lo sabemos bien, no es más que la medición del ranking, en el enamoramiento de la masa en cada momento. Si realmente se quieren diferenciar grados que jerarquías, es impertinente colocar en el origen, una metodología pertinente para definir liderazgos.
El otro inconveniente, y en esto coincido con el trabajo antes citado de los miembros de la EFBA, aunque agregándole otra fundamentación, es la idea de la nominación vitalicia. La considero inadecuada pues parto de la idea lacaniana de lo que fundamenta a un sujeto para el ejercicio del psicoanálisis es, no únicamente, pero sí principalmente, su relación con el deseo del analista. Ésta, desplegada durante el propio análisis del analista, puede sufrir diferentes alternativas después del final del mismo, ya que es algo que no se aprende, sino que se desprende de las vicisitudes borromeanas del ser. Por ejemplo, forma parte de la experiencia cotidiana, comprobar el efecto resistencial de la depresión del analista en su práctica. Y es lógico. Si hay depresión, hay repliegue narcisista, aplastamiento del sujeto por el yo , y por lo tanto malas condiciones para soportar el deseo del analista.
Lo que escribo no significa en lo más mínimo ignorar el aporte realizado por Lacan al psicoanálisis con el invento del mecanismo del pase. Por el contrario. Lo puedo decir desde la experiencia, aunque no haya seguido todos los cánones de la propuesta de aquél. En tres oportunidades hablé de mi análisis ante quienes podríamos calificar de pasadores. En una, a pedido de quien se propuso a escucharme. En otra, de manera contingente. Pero retroactivamente puede entendérsela como a causa de mi demanda. Y en la última, a manifiesta proposición mía. En las dos primeras oportunidades ante miembros de una institución a la que había pertenecido, y a la que ya no pertenecía. En la tercera, ante colegas de un país extranjero. Como se puede advertir, leído retroactivamente, el paso lo di porque quienes se constituyeron en pasadores, merecían mi confianza en tanto no estaban comprometidos con pasiones transferenciales que me incumbieran. En dichas situaciones cada uno de ellos, básicamente, escuchó. Hubo pocas puntuaciones analíticas, y en algún caso lo escuchado dio origen a asociaciones por parte de algunos de los que escuchaban, sobre su propio análisis. Lo que puedo agregar es que las tres experiencias me produjeron diferentes reacciones, pero todas en la dimensión de la conmoción subjetiva, registrada en el terreno de las sensaciones y de posteriores efectos en el campo del acto, incluido éste, de escritura.
Quede claro entonces, que creo muy conveniente a la ética del psicoanálisis, la experiencia del pase. Por esa razón, considero, que en pro de su éxito, la misma no debe terminar en una nominación, que más allá de las buenas intenciones, cuelga un título que la maltiñe. Como nuevamente ha sido puesto en evidencia por los hechos acaecidos en los dos últimos años en la Escuela de la Cauda Freudiana de París.
Teniendo en cuenta todas estas consideraciones opino que hay que sostener y trabajar el mecanismo del pase. Que la facturación del mismo no debe dar como “resultado” una nominación. O sea, el que se implique lo hará a puro deseo del analista. Que el reconocimiento de los analistas debe surgir de dispositivos constituidos con la siguiente estructura: 1) La Audiencia, tanto para ser escuchados quienes deseen hacer el pase, como quienes deseen ser ratificados como analistas, por dispositivos emergentes de la comunidad psicoanalítica, debe integrarse por fuera de las instituciones conformadas para formar analistas y transmitir el psicoanálisis.
2) Podrán integrar dicha Audiencia, sólo quienes estén dispuestos ellos mismos a buscar ser ratificados como analistas por ella. Todos apuestan con el mismo riesgo. Al constituirse por fuera de las instituciones de formación y transmisión, estará habitualmente menos contaminada por los intereses y las pasiones que se juegan en cada una de ellas. Se “cruzarán” en la misma, provenientes de diferentes escuelas.
3) Dicha Audiencia se integrará a los efectos de cumplir con esa única tarea. Como parte de la misma, se convocará jornadas solamente para discutir cuestiones que hagan a la investigación del mecanismo del pase, su dispositivo y las condiciones exigibles para ratificar la autorización de los analistas.
4) Se integrará como efecto de la disposición singular de quienes se dispongan a la experiencia y no como efecto de acuerdos entre instituciones.
5) Las diferentes Audiencias se constituirán, una vez determinado el número de integrantes, por estricto sorteo entre los dispuestos a ejercitar la experiencia. También por sorteo se dispondrá ante cuál, cada candidato se someterá a prueba. Producido el veredicto, de estar en desacuerdo el candidato, o algún miembro de la Audiencia, tienen derecho a que se constituya una completamente nueva, armada también por sorteo y cuyo fallo, en caso de coincidir con el anterior será inapelable. En caso de disentir abrirá el curso a una tercera instancia constituida con la misma metodología que las otras dos. Como se puede apreciar propongo buscar en lo real del azar, la máxima garantía posible, para dar transparencia al procedimiento y convocar la transferencia necesaria para llevarlo a cabo.
Digresión: se puede argumentar en contra, que la transferencia se establece en relación a la suposición de saber. Esto es cierto. Pero la suposición de saber no es lo único que la suscita. Es más, para que se encienda es imprescindible también la autoridad moral del Otro. A mi modo de ver ambas se producirán, en tanto no es posible suponer que a unas pruebas con tan pocas ilusiones de encontrar simpatías en la Audiencia, se presenten demasiados que no se sientan realmente autorizados de sí mismos. La frase –“no se autoriza más que de sí mismo”- exige ser anudada en R.S.I. Alguien puede sentirse autorizado de sí mismo, exclusivamente como efecto imaginario, yoico. Self, sí mismo en la escuela inglesa, se aproxima más a eso. Puede ocurrir por vía de la identificación al analista. No olvidemos que esa idea, aún tiene vigencia en diversas corrientes, como concepción del fin de análisis. Por el contrario, en la concepción lacaniana, el fin de análisis implica la caída del analista del lugar del sujeto supuesto saber, el establecimiento de la máxima diferencia entre ideal y objeto, experiencias de des-ser, y la producción del deseo del analista como resto. Será efecto de la articulación de ese ser en lo real- simbólico- imaginario: la autorización de sí mismo como analista.
6) La comisión que gestionará en cada período todo lo pertinente para el funcionamiento del dispositivo se formará por sorteo entre quienes, integrados a las pruebas, se oferten como candidatos para formarla. Los sorteados distribuirán entre ellos las funciones.
7) La Audiencia trabajará sobre la base de escuchar al candidato hablar sobre su trabajo.
8) Si el veredicto es positivo, el candidato será incluido en una lista de ratificados. Si es negativo se le darán razones de por qué y de considerarlo conveniente, la Audiencia puede recomendarle un nuevo pasaje analítico y la disposición a escucharlo cuando se sienta en nuevas condiciones.
Similar procedimiento puede seguirse para constituir comités de pensadores. Es obvio que en los mismos al no nominar, no se hace necesaria la apelación aunque se podrá, a pedido del pasante, repetir la experiencia ante otros pasadores.
Se puede apreciar que la estructura del planteo está bastante inspirada en la experiencia positiva de la organización y funcionamiento de los Lacanoamericanos.
Por supuesto, al proponer el dispositivo, me ofrezco en este mismo acto como candidato, tanto a ponerme a disposición de una Audiencia para que se expida sobre mi condición de analista, como a formar parte de otras, que trabajen sobre el discurso de otros candidatos, en igualdad de condiciones.
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